Sábado, 18 de abril
Ciudadanos

EL GRAN OTRO

Sectarismo, ideología totalitaria, y consumista

Este sectarismo trata de redimirse así mismo a través de la espiritualidad despolitizando las necesidades y conflictos en la agenda de la sociedad. Aquí se cimienta la creencia de que el mismo sistema sectarista es la medicina para los males que causa, enalteciendo la confianza para su perpetuación y disfrazando la falta de ideas con moralismo fácil. Algo analógico pasa en el capitalismo donde somos llevados a hacer cosas anti éticas y a sentirnos culpables, como por ejemplo la contaminación del medio ambiente, y a ser incentivados a creer que la única forma en que podemos revertirlo es a través de acciones individuales como el reciclado de la basura. De esta forma nos redimimos en nuestros actos porque le suscribimos una acción moral positiva y, en consecuencia, el sistema capitalista puede seguir su curso de acción primaria, el consumismo. El individuo recibe un discurso ideológico donde no puede intervenir más allá de su límite físico y empieza a crear lo que se denomina en la psicoanalítica el Gran Otro. Ese Gran Otro es el sistema secreto de las cosas, lo divino, la fe que controla nuestro destino. Aquí empezamos a descartar las imágenes de la realidad y entramos en un mundo de abstracción donde un samurái no ataca con su espada, sino más bien su enemigo salta con su cuerpo sobre su espada. En la historia de nuestra sociedad el Gran Otro ha tomado muchos nombres: necesidad de progreso, propósito mayor, etc. Los totalitarismos siempre han utilizado este concepto para su realización y los individuos en este sistema necesitan la ficción de un Gran Otro para que nuestras actitudes anti éticas sean contenidas y descargadas. Uno de los mayores aspectos es el sistema de apariencias, cosas prohibidas que no están totalmente prohibidas, pero no deben suceder para el Gran Otro. Así se formulan agencias con mecanismos que registran nuestros problemas, un espacio donde confesarse. Aquellos que no tienen acceso a estas agencias descubren un Gran Otro virtual y no real. Como tales siervos nos convertimos en un instrumento cuya función es actualizar la necesidad histórica, dejando de lado todo desagradecimiento y menos aún anteponiendo cualquier consideración personal frente al propósito mayor. En su antípoda el líder es quien crea la masa crítica como punto de referencia imaginado, idealizado. Este es el instrumento directo de la voluntad divina, y en la divinidad todo está permitido ya que lo divino siempre puede justificar sus catástrofes y sus sufrimientos. En este terreno los límites de las consideraciones morales empiezan a desvanecerse, al igual que el pensar en términos restrictivos, como por ejemplo en el Estado de derecho. El Gran Otro es quien ejecuta la experiencia y a través de nuestro sacrificio, como siervo o líder, este concepto nos dice que nos ama, ya que nos deja ser parte de la experiencia.
En un sistema sectario no hay necesidad de transformación del individuo sino una búsqueda de que estos renazcan a otros y que se movilicen de su realidad hacia otra. Es aquí donde las personas se ven atraídas ya que pueden dejar sus “sueños” (trabajo espiritual, retorno a la naturaleza, vida comunitaria, etc.) y hacerlos realidad, en este punto en el cual nos escapamos de nuestros sueños y lo estamos realizando estamos en el terreno de la ideología. Este impulso se asemeja a la dialéctica elemental de las mercancías que funciona de tal forma que cuando estamos consumiendo un paquete de información, como una terapia, esta llega a su punto más sublime y por alguna circunstancia se va perdiendo ese punto y tengo que volver a concurrir al mismo impulso nuevamente. Este movimiento infinito impide que pueda observar lo que estoy consumiendo en todos sus aspectos ya que rápidamente lo sublime se desvanece y el deseo opaca la posibilidad de observación. Aquí el gozo se convierte en una obligación. El deseo es deseo de seguir deseando y el mayor terror del deseo es quedarse satisfecho. Una secta es un reflejo idealizado del consumismo. El consumismo aquí tiene el valor de ser noble ya que es utilizado para ser orgánico, retornar a la naturaleza, sanar internamente, etc. Aquí se presenta el despliegue de productos y servicios que nos comunican el poder de manifestar cualidades invisibles hasta el momento en nosotros, y que se pueden sostener en el tiempo consumiéndolas. De este modo, como en el huevo Kinder, debemos aspirar a algo superior (la sorpresita/lo espiritual) para poder disfrutar lo superficial (el chocolate/la servidumbre). El gozo es gozar del placer trastornado, incluso gozar del dolor, y este factor trastorna la relación entre deber y placer. Es en este espacio la ideología opera a través de la culpa diciéndonos que simulemos renunciar a nuestros placeres y de esa forma podremos conseguir cuanto deseemos.
La ideología va a determinar nuestra relación espontanea con el entorno social de la forma en que este configurada la misma, y enmarcada dentro de una institución totalitaria una de las puntas fuertes es el aislacionismo o clausura que se determina en los individuos a través de diferentes reglas sobre el tiempo, el espacio, la instrumentalización de las personas básicamente. La ideología funciona como un contenedor vacío donde aparentemente todo esta desregularizado. Este contenedor está abierto a todo sentido posible y la profundidad del mismo es inagotable ya que siempre habrá algo más profundo por descubrir, aunque los límites de sus lados son definidos por agentes que no son neutrales. Pasando estos límites, aparecen las regulaciones, los líderes, las jerarquías, aquellos que han construido el contenedor y perciben la diversidad y creatividad como una amenaza. Es así que se genera un espacio de exclusión más allá de promulgarse el valor de la hermandad y la alegría. En este contenedor las fantasías, los placeres ocultos no son solo un asunto privado de las personas, son la materia central con la que se hacen las ideologías. Y esta tiene como misión salvar lo percibido como “victima” y es allí donde la violencia institucionalizada aparece dirigida por la sospecha de que la víctima no es solo una víctima, sino que disfruta o participa en su victimidad. Hay una actitud por parte de la institución total que dice: “yo quiero ayudarles”, y quizás los individuos no quieren y este punto muerto se exterioriza en violencia. La violencia es no poder transmitir algo en palabras, un punto muerto simbólico. En efecto el sectarismo destruye el mapa cognitivo de las personas poniendo en peligro la integridad física y moral de las mismas debido a una reacción de impenetrabilidad y confusión permanente. Aquí se abre un abismo, el de la sospecha. Todo se vuelve sospechoso no hay nada que se mantenga estable, y la ideología no nos dice que los problemas o inestabilidades son coherentes al desarrollo social, sino que puntualizan esto en algo externo que tuvo la culpa e intervino sobre nosotros y debemos eliminar. En la mayoría de los casos comienza un proceso de despersonalización, donde se promulga que nuestra vida será más clara. Esto es incentivado por los agentes no neutrales que tienen “mayor fuerza moral”, la jerarquía. Ellos nos darán una imagen cementada que será nuestro objetivo y nos movilizará a alcanzarla a través del proceso de despersonalización utilizando elementos pre-ideológicos enfocados en lo libidinal y en elementos discursivos explícitos como la solidaridad, la unidad, etc.
Solamente algo novedoso puede surgir del fracaso o de la suspensión del correcto funcionamiento, pero he aquí que el sectarismo, como el capitalismo, reivindica la crisis, en el primer caso del individuo, ya que es la inercia que permite su constante desenvolvimiento. En este punto, para que nada fracase, los líderes utilizan el encubrimiento o la mentira para salvaguardar el sistema y no demostrar la corrupción inherente. La justificación es conservadora: la verdad es muy fuerte y los intermediarios son cínicos que sabiendo la verdad les cuentan a las personas una bella mentira. Este poder de conocer lo verdadero, lo que ocurre en el fondo, también es un mensaje de poder hacia las personas diciéndoles: podemos hacer contigo lo que queramos.

Lucas Frontalini

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