La Municipalidad de Salsacate pagó $60 millones por un juicio heredado en 2015
Este sectarismo trata de redimirse así mismo a través
de la espiritualidad despolitizando las necesidades y conflictos en la agenda
de la sociedad. Aquí se cimienta la creencia de que el mismo sistema sectarista
es la medicina para los males que causa, enalteciendo la confianza para su
perpetuación y disfrazando la falta de ideas con moralismo
fácil. Algo analógico pasa en el capitalismo donde somos llevados a hacer cosas
anti éticas y a sentirnos culpables, como por ejemplo la contaminación del
medio ambiente, y a ser incentivados a creer que la única forma en que podemos revertirlo es a través de acciones individuales
como el reciclado de la basura. De esta forma nos redimimos en nuestros actos
porque le suscribimos una acción moral positiva y, en consecuencia, el sistema
capitalista puede seguir su curso de acción primaria, el consumismo. El
individuo recibe un discurso ideológico donde no puede intervenir más allá de
su límite físico y empieza a crear lo que se denomina en la psicoanalítica el
Gran Otro. Ese Gran Otro es el sistema secreto de las cosas, lo divino, la fe
que controla nuestro destino. Aquí empezamos a descartar las imágenes de la
realidad y entramos en un mundo de abstracción donde un samurái no ataca con su
espada, sino más bien su enemigo salta con su cuerpo sobre su espada. En la
historia de nuestra sociedad el Gran Otro ha tomado muchos nombres: necesidad
de progreso, propósito mayor, etc. Los totalitarismos siempre han utilizado
este concepto para su realización y los individuos en este sistema necesitan la
ficción de un Gran Otro para que nuestras actitudes anti éticas sean contenidas
y descargadas. Uno de los mayores aspectos es el sistema de apariencias, cosas
prohibidas que no están totalmente prohibidas, pero no deben suceder para el
Gran Otro. Así se formulan agencias con mecanismos que registran nuestros
problemas, un espacio donde confesarse. Aquellos que no tienen acceso a estas
agencias descubren un Gran Otro virtual y no real. Como tales siervos nos
convertimos en un instrumento cuya función es actualizar la necesidad
histórica, dejando de lado todo desagradecimiento y menos aún anteponiendo
cualquier consideración personal frente al propósito mayor. En su antípoda el
líder es quien crea la masa crítica como punto de referencia imaginado, idealizado.
Este es el instrumento directo de la voluntad divina, y en la divinidad todo
está permitido ya que lo divino siempre puede justificar sus catástrofes y sus
sufrimientos. En este terreno los límites de las consideraciones morales
empiezan a desvanecerse, al igual que el pensar en términos restrictivos, como
por ejemplo en el Estado de derecho. El Gran Otro es quien ejecuta la
experiencia y a través de nuestro sacrificio, como siervo o líder, este
concepto nos dice que nos ama, ya que nos deja ser parte de la experiencia.
En un sistema sectario no hay necesidad de transformación del individuo sino
una búsqueda de que estos renazcan a otros y que se movilicen de su realidad
hacia otra. Es aquí donde las personas se ven atraídas ya que pueden dejar sus
“sueños” (trabajo espiritual, retorno a la naturaleza, vida comunitaria, etc.)
y hacerlos realidad, en este punto en el cual nos escapamos de nuestros sueños
y lo estamos realizando estamos en el terreno de la ideología. Este impulso se
asemeja a la dialéctica elemental de las mercancías que funciona de tal forma
que cuando estamos consumiendo un paquete de información, como una terapia,
esta llega a su punto más sublime y por alguna circunstancia se va perdiendo
ese punto y tengo que volver a concurrir al mismo impulso nuevamente. Este
movimiento infinito impide que pueda observar lo que estoy consumiendo en todos
sus aspectos ya que rápidamente lo sublime se desvanece y el deseo opaca la
posibilidad de observación. Aquí el gozo se convierte en una obligación. El
deseo es deseo de seguir deseando y el mayor terror del deseo es quedarse
satisfecho. Una secta es un reflejo idealizado del consumismo. El consumismo
aquí tiene el valor de ser noble ya que es utilizado para ser orgánico,
retornar a la naturaleza, sanar internamente, etc. Aquí se presenta el
despliegue de productos y servicios que nos comunican el poder de manifestar
cualidades invisibles hasta el momento en nosotros, y que se pueden sostener en
el tiempo consumiéndolas. De este modo, como en el huevo Kinder, debemos aspirar a algo superior (la sorpresita/lo espiritual) para poder disfrutar lo
superficial (el chocolate/la servidumbre). El gozo es gozar del placer
trastornado, incluso gozar del dolor, y este factor trastorna la relación entre
deber y placer. Es en este espacio la ideología opera a través de la culpa
diciéndonos que simulemos renunciar a nuestros placeres y de esa forma podremos
conseguir cuanto deseemos.
La ideología va a determinar nuestra relación espontanea con el entorno social
de la forma en que este configurada la misma, y enmarcada dentro de una
institución totalitaria una de las puntas fuertes es el aislacionismo o
clausura que se determina en los individuos a través de diferentes reglas sobre
el tiempo, el espacio, la instrumentalización
de las personas básicamente. La ideología funciona como un contenedor vacío
donde aparentemente todo esta desregularizado.
Este contenedor está abierto a todo sentido posible y la profundidad del mismo
es inagotable ya que siempre habrá algo más profundo por descubrir, aunque los
límites de sus lados son definidos por agentes que no son neutrales. Pasando
estos límites, aparecen las regulaciones, los líderes, las jerarquías, aquellos
que han construido el contenedor y perciben la diversidad y creatividad como
una amenaza. Es así que se genera un espacio de exclusión más allá de
promulgarse el valor de la hermandad y la alegría. En este contenedor las
fantasías, los placeres ocultos no son solo un asunto privado de las personas,
son la materia central con la que se hacen las ideologías. Y esta tiene como
misión salvar lo percibido como “victima” y es allí donde la violencia
institucionalizada aparece dirigida por la sospecha de que la víctima no es
solo una víctima, sino que disfruta o participa en su victimidad. Hay una actitud por parte de la
institución total que dice: “yo quiero ayudarles”, y quizás los individuos no
quieren y este punto muerto se exterioriza en violencia. La violencia es no
poder transmitir algo en palabras, un punto muerto simbólico. En efecto el
sectarismo destruye el mapa cognitivo de las personas poniendo en peligro la
integridad física y moral de las mismas debido a una reacción de
impenetrabilidad y confusión permanente. Aquí se abre un abismo, el de la
sospecha. Todo se vuelve sospechoso no hay nada que se mantenga estable, y la
ideología no nos dice que los problemas o inestabilidades son coherentes al
desarrollo social, sino que puntualizan esto en algo externo que tuvo la culpa
e intervino sobre nosotros y debemos eliminar. En la mayoría de los casos
comienza un proceso de despersonalización,
donde se promulga que nuestra vida será más clara. Esto es incentivado por los
agentes no neutrales que tienen “mayor fuerza moral”, la jerarquía. Ellos nos
darán una imagen cementada que será nuestro objetivo y nos movilizará a
alcanzarla a través del proceso de despersonalización
utilizando elementos pre-ideológicos
enfocados en lo libidinal y en elementos
discursivos explícitos como la solidaridad, la unidad, etc.
Solamente algo novedoso puede surgir del fracaso o de la suspensión del
correcto funcionamiento, pero he aquí que el sectarismo, como el capitalismo,
reivindica la crisis, en el primer caso del individuo, ya que es la inercia que
permite su constante desenvolvimiento. En este punto, para que nada fracase,
los líderes utilizan el encubrimiento o la mentira para salvaguardar el sistema
y no demostrar la corrupción inherente. La justificación es conservadora: la
verdad es muy fuerte y los intermediarios son cínicos que sabiendo la verdad
les cuentan a las personas una bella mentira. Este poder de conocer lo
verdadero, lo que ocurre en el fondo, también es un mensaje de poder hacia las
personas diciéndoles: podemos hacer contigo lo que queramos.
Lucas Frontalini
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