Martes, 21 de abril
Ciudadanos

SOBRE LOS PELIGROS DE PENSAR ASÍ

Ejercitemos nuestro pensamiento y evitemos caer en la falacia y la posverdad

Hemos transitado ya dieciocho años desde el cambio de milenio, la humanidad goza y sufre de su naturaleza contradictoria. Mientras algunos humanos juegan con quarks y electrones para recrear el momento inicial del universo, en otros rincones del planeta el solo acto de pensar es un desafío. El pensamiento es una materia subestimada en estos días de frenesí capitalista, vamos, sabemos que la lógica misma del capitalismo frenético no puede resistir dos o tres argumentos racionales. En esta esquina austral del planisferio que llamamos Argentina la reputación del pensamiento confirma la teoría de que siempre se puede estar peor. En la versión criolla del pensamiento devaluado hay dos motivos que se destacan por su eficacia para terminar poco a poco con el tráfico eléctrico entre neuronas. Y si el lector aún no ha abandonado, a causa de un ataque de bostezos, la lectura de esta columna, tomaré el coraje para mencionarle estos dos motivos: La falacia y la posverdad. 

La falacia es un argumento engañoso, se disfraza de pensamiento, a primera vista parece muy coherente y eficaz, tiene el efecto de invitarnos a adherir. Si nuestro entendimiento no goza de un poco de entrenamiento, es decir casi siempre, es muy probable que seamos victimas de alguna falacia una o dos veces en cada conversación más o menos seria que uno pueda tener. Ese es el mérito y mayor peligro de la falacia, para el receptor ingenuo pasa desapercibida y puede servir como argumento y justificación de ideas atroces. Hay algunas que son tan eficaces y habituales que hasta tienen nombre propio, la falacia ad hominem, por ejemplo, es un éxito del pensamiento falaz en nuestra historia. Imagínese que estamos discutiendo sobre la necesidad de establecer un reglamento para el control de natalidad de animales callejeros y mascotas, y que un concejal habla unos buenos cinco minutos argumentando a favor de la iniciativa hablando sobre la salubridad pública, los peligros de la reproducción exponencial de estos animales, el bienestar de los propios animales, etc. entonces (y mejor si imaginamos una interrupción) el concejal opositor le responde que "cómo puede decir eso cuando usted mismo tiene varios perros sin castrar y que cuando entran en celo se escapan hacia las veredas y las plazas por lo que siempre andan preñadas, con qué cara nos viene usted a plantear esto señor" como el lector habrá concluido, el concejal opositor da una respuesta contundente y, lamentablemente, muy eficaz ya que hasta uno mismo mientras escribía sus palabras asentía con la cabeza dándole la razón. Pero, como el lector habrá sospechado, hay algo que sabe mal cuando le damos la razón y ese mal sabor es a causa de la rancia falacia ad hominem. Para el lector distraído explicaré que la falacia reside en que existiendo un tema para debatir (control de natalidad de animales) y existiendo argumentos racionales tanto a favor como en contra, el concejal opositor elije expresar un argumento no en contra de las castraciones si no en contra de la persona del primer concejal. El concejal opositor lo hace sabiendo que este modo de actuar es más eficaz, sabe que atacando al otro concejal ya todo lo que este diga estará contaminado, no necesitará estudiar sobre las consecuencias del control de la reproducción de animales solo necesita convencer a un gran número de personas de que el otro concejal es un hipócrita y por lo tanto todo lo que diga (por más racional que sea) no será más que una hipocresía.  Imaginemos ahora que la falacia ad hominem es solo una dentro de un arsenal de argumentos tramposos disponibles para el interlocutor canalla, entenderá porque decidí incluir la palabra peligro en el título de esta columna. Ahora piense en porqué el concejal opositor sabe que la falacia será más útil para sus objetivos que ofrecer verdaderos argumentos, ¿cómo sabe que esto será más eficaz? ¿Qué pasaría si estos argumentos falaces se convierten en protagonistas de las decisiones más importantes que llevamos adelante como sociedad, que pasaría si se usan, por ejemplo, en un debate entre candidatos presidenciales? Dejaremos la respuesta para el final.

Por otra parte, tenemos a la posverdad, una palabra que hace unos años era insospechada por todos y que hoy se encuentra en boca del menos lúcido de los conductores de programas de la tarde. ¿Qué es la posverdad? Simplificando al borde del abismo del sentido de la palabra, arriesgo que la posverdad es consenso, es el convencimiento por parte de muchos, de la mayoría, es decir de todos, de que algo es de determinada manera, de que algo es cierto. No importa la certeza, la probabilidad, ni siquiera la existencia de ese algo, la posverdad, como lo indica por si misma rompe los parámetros de la idea moderna de verdad objetiva. En este mundo posmoderno, de masivos medios de comunicación, de bits, tweets y whatsapp no importa la verdad, importa convencer. La mejor manera de convencer es con argumentos, es decir de mente a mente, que el otro sienta que su entendimiento es el que le dicta que algo es como es. Y los argumentos que más convencen en nuestro país son falacias.

El menor de los peligros (no siendo un problema menor) es que las falacias hayan invadido las discusiones de la mesa familiar, del partido de futbol o de la reunión de padres. El peligro en serio es que las falacias dominan la lógica de los medios de comunicación, quienes con su poder real instalan la posverdad a gusto y placer. El peor peligro que nos acecha es que el pensamiento falaz ha sido institucionalizado, tiene poder, se encuentra en las sentencias penales, en dictados de prisión preventiva, en decretos ejecutivos, en discursos presidenciales, etc.

¿Como sabe el concejal opositor que atacar a su oponente será más eficaz que ofrecer argumentos reales? Lo sabe por qué esas son las reglas del pensamiento actual de nuestra sociedad, ya no solo por la ingenuidad de algunas conversaciones cotidianas, ni por la insistencia de las noticias urgentes y amarillistas, el martillazo final lo dio el poder estatal que hizo suyo esta infame manera de pensar y convencer.

Entonces si las reglas del pensamiento, de la discusión y del debate en nuestra sociedad, están regidas por el mejor uso de argumentos tramposos, de chicanas, respuestas rápidas, retruques, descalificaciones y sobre todo de la capacidad de ser creído aun diciendo que el sol sale de noche, pues entonces yo no juego.

Ricardo Farfán Grundy

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