Sábado, 18 de abril
Locales

A 30 Años del aluvión de San Carlos Minas

Aquella madrugada del 6 de enero, luego de una intensa lluvia el arroyo Noguinet se desbordó arrasando el pueblo y cobrándose 37 vidas.

"El agua me llevó parte de mi vida, mi hija de 2 años. Como puedo olvidarme de esos momentos que viví. Imposible", cuenta Alberto Jesús Carreras sobre aquel 6 de enero de 1992 cuando era intendente de San Carlos Minas, y el inmenso torrente de agua que ingresó a su casa se llevó a su hija Anahí Tamara que su esposa atesoraba entre sus manos.
Pasaron 30 años y esas estremecedoras sensaciones y recuerdos viven, persisten en la humanidad de un golpeado Alberto Carreras, que en esta oportunidad prefirió no hacer más declaraciones por respeto a la memoria de su hija, que hoy tendría 32 años.
Era la noche de los Reyes Magos, cuando una intensa lluvia cayó sobre el cordón montañoso de los Gigantes haciendo crecer a niveles insospechados el arroyo Noguinet, hasta convertirse en una correntada incontenible y temeraria que luego arrasó con San Carlos Minas.
Según marcaron los registros de aquella época, unos 300 milímetros cayeron esa tormentosa noche.
El mismo arroyo Noguinet, pasó de no tener ni un hilo de agua, ha convertirse en una avalancha desenfrenada de agua, lodo, piedras, postes, troncos, árboles arrancados de raíz que penetró en el pueblo rompiendo todo, inundado viviendas, negocios y llevándose más de 37 vidas, en su mayoría ancianos y niños. Incluso algunos cuerpos fueron arrastrados unos 30 kilómetros que fueron encontrados en el dique Pichanas. Otros cuatro no aparecieron nunca jamás.
Centenares de personas trabajaron entre el barro y los escombros de lo que quedó de San Carlos en busca de cadáveres y sobrevivientes.
Resultó ser la peor catástrofe acontecida en la provincia de Córdoba por causas naturales y en tiempos históricos, ya que desde que entró la creciente hasta que la misma comenzó a ceder, pasaron poco más de dos horas.
Uno de los actores principales de la tragedia que tuvo un marcado protagonismo fue Héctor Raúl Martínez, en aquella circunstancia cura párroco del pueblo.
Martínez será recordado por siempre ya que desde la Iglesia alertó con campanazos a la población sobre lo que se avecinaba, y le permitió a mucha gente tomar recaudos sobre lo que estaba sucediendo:" las primeras gotas cayeron en la madrugada de ese 6 de enero. A la mañana temprano la lluvia era torrencial con un viento muy fuerte. Con un amigo salimos en su auto a ver los puentes y el balneario. Luego en una camioneta de la policía fuimos al puente que está en el ingreso a San Carlos Mina, y vimos que la crecida del río no era normal, ya que siempre estaba seco, y que algo grave iba a suceder. La policía fue a la comisaría y yo a la iglesia para tocar las campanas como avisando que venía una creciente. Pero nunca, jamás, imaginé, ni imaginamos, que podía ser de la magnitud que fue", cuenta Raúl Martínez a La Otra Mirada realizando una sinopsis de cómo fueron los primeros movimientos previos al aluvión y la catástrofe.
Eran los primeros halos de luz del amanecer de ese 6 de enero. Salvo el personal de policía, los empleados del banco de Córdoba que se levantaban para ir a trabajar al igual que los del hospital, todos los demás habitantes dormían cuando fueron sorprendidos por el incesante sonar de las campanas, o cuando ya el agua comenzó a invadir sus viviendas.
"La parte más alta del pueblo comenzó a ser ganada por el agua, y ahí comencé a darme cuenta de lo que estaba sucediendo. Atiné a salir para ver que podía hacer por otras personas, para ver si podía ayudar, pero apenas crucé la plaza, estando en la ruta, el agua me llegaba a las rodillas y la correntada era muy intensa. Tuve que retroceder y volver a la parroquia. Cuando llegué, el agua había trepado un metro y medio. Con la gente que ya estaba ahí comenzamos a correr los bancos para poder abrir las puertas para que el agua corriera y no se estancara", señala Martínez reviviendo esos dramáticos momentos.
Hoy el ex cura, de 62 años, vive en Dean Funes, y forma parte de una cooperativa recicladora.
En aquel trágico momento, ese hombre que tenía 32 años quedó para siempre en la historia. Organizó parte del caos provocado por el desastre poniendo a disposición la parroquia como depósito de las donaciones que se recibían. La sacristía, por ejemplo, fue por varios días, lugar de reuniones del comité de emergencia formado por miembros del ejército, policía y autoridades municipales ante la imposibilidad de hacerlo en la comisaría o la sede comunal, ya que el barro llegaba a casi medio metro de altura cuando el agua bajó.
El propio puente del pueblo cedió, el agua devastó aproximadamente 100 casas, muchas de las cuales fueron arrancadas con sus cimientos completos. Las pocas que quedaron en pie, fueron irrecuperables.
En San Carlos Minas, todos perdieron algo. Algunos vieron como el torrente se llevaba parte de sus vidas por la muerte de algún familiar. Otros el profundo dolor de perder su casa, sus pertenencias, el auto, su negocio, años de esfuerzo para conseguir lo anhelado, lo soñado, todo.
"Cada uno de los que vivimos esa situación perdimos algo. Unos más que otros. Muchas familias perdieron un ser querido, otros, cosas materiales de indiscutido valor. Pero el dolor, la angustia la tuvimos todos, y todos tuvimos que hacer duelos".

Por Guillermo Calvar



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